Es un hombre que no sabes quién es, ni como es.
No tiene sonrisa, no tiene ojos ni expresión. No tiene gesto ni sorpresa en su rostro, no tiene cabeza.
Erguido ante nosotros, recto, formal y trajeado de forma extraña, seria, elegante y vagabunda a la vez, extiende el paraguas hacia el suelo golpeandolo, y el leve golpe retumba por nuestras cabezas.
Ellos no parecen verle, no parecen escucharle, no le sienten.
Ellos no parecen tener vida.
Aquél extraño hombre entró con decisión por la puerta y abrió el paraguas que sujetaba con su mano izquierda, como si lloviera. Observé el techo, alcé la mano. No llovía.
Se acercó al centro del salón, alzó la mano derecha con la que sostenía un curioso sombrero de color lila clarito, y lo dejó caer, mientras un trueno irrumpía el silencio de la sala a la vez que el sombrero golpeaba contra el suelo.
Des de detrás de una silla, observé como dio media vuelta e hizo ademán de irse. Observé el gorro, lo cogí y le perseguí con el sombrero en mano, alzándolo, llamándolo, pero no me hizo caso.
Cerró el paraguas antes de salir por la puerta, y volví a sentarme en el centro del salón a observar lo que aquél extraño hombre sin cabeza dejó caer.
Cantaban pájaros y magia dentro de él.
Dentro del sombrero de Quidam.
