Están todos a bordo. Vagan de un vagón a otro, se sientan, se levantan, no pueden estarse quietos durante el viaje. Yo les veo pasar, moverse, interactuar, venir e irse…
Se sientan a mi lado, me taladran la nuca con la mirada y he de girarme. Entablan conversación conmigo, pasamos el rato y se apunta más gente.
El tren avanza con sigilo, y el sol se va a dormir, dejando paso a una grande y reluciente luna que ilumina los vagones con vagancia. Los cuatro que están a mi alrededor, parecen dormitarse, la tenue y dulce luz de la luna hace que se queden anonadados, excepto yo.
Mientras se van marchando lentamente como títeres, yo sigo apoyada contra el cristal de mi asiento, con los ojos como platos hacia el exterior, viendo el paisaje pasar. Casas, árboles, ciervos, personas, coches, ríos, mares… ¿Existe todo aquello allí fuera? ¿Qué pasa si bajo en la siguiente parada?
¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que monté en éste tren?
Mucha gente ha bajado de él. Mucha gente ha subido en él. Más de cientos y cientos de personas se han sentado conmigo, han entablado amistad conmigo, y han desaparecido como el vaho en una noche de invierno. Mayores, jóvenes, niños, hasta animales. Pero todos… se han ido.
Mi vagón está casi vacío. Reconozco algunos rostros que me sonríen y me saludan de vez en cuando, pero se van. Y algunos no vuelven.
Me recojo el cuerpo, apoyo los pies en el incómodo asiento y apreto las piernas contra mi pecho, abrazándolas con los brazos y apoyando la cabeza en mis rodillas. Suspiro. Cada día es algo nuevo para mí.
Lo único que pasa por mi cabeza es…
¿Por qué no llevan maleta?

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